Salía, ya caída la noche, a caminar por la orilla del mar, zigzagueando sus pasos sobre bordes indefinidos, olvidados por aquellas olas llevadas hasta allí de la mano de algunos cuerpos indecisos que no permiten volar, como si alguien a lado y lado no admitiera el correr natural de sus impulso, el primero le señalaba su lugar de regreso y el segundo le arrastraba los piececitos regresándola a su lugar de origen, qué trajinado ha de ser aquel eterno retorno de las olas. La noche pintaba de luna llena, y como es ya costumbre en estas absurdas imágenes literarias, el cielo parecía un mantel lleno de migajas abandonadas a su suerte por ángeles luego de un suculento banquete auspiciado por la inspiración de los poetas agradecidos al amor y a la vida. Caminaba con los brazos extendidos, iba descalzo, procuraba cerrar los ojos mientras caminaba, así iría aprendiendo a distinguir, por las sensaciones en sus pies, la arena húmeda y la arena seca, los ojos encharcados de lagrimas y las sonrisas juveniles; es tan solo una línea lo que divide sus fronteras, no sabia hacia cual desplazarse, el mundo de lo liquido o el mundo de lo solido, lo real o lo imaginario, deseo o represión; deslizaba su lengua entre aquellas nalgas, solo se detenía para estimular las comisuras y los pliegues formados a lo largo de su enorme trasero. Seguía caminando, parecía no tener rumbo fijo, los transeúntes del malecón lo observaban con una extrañeza casi desorbitarte para sus ojos –¡Mira aquel demente! caminado como borracho, con los brazos extendidos como si fuera trapecista de circo pobre sobre una cuerda floja- se decían los transeúntes unos a unos. Quizá sus juicios encajaran perfectamente en aquel arquetipo de hombre, un demente, un borracho, un olvidado, un trapecista de circo pobre que camina sobre la cuerda floja con la mirada hacia el horizonte, tratando de de construir su lenguaje en pos de lo irreal, consecuencia en ese momento de un nombre para el color del mar en la noche.
A pie se deleitan nuestros pasos con el sabor de la mirada. A pie, no corriendo, ni trotando, no saltando, ni rodando, a pie…Caminamos bajo la brumosa hostilidad de un mundo que parece no comprendernos, pero nosotros mismo no hacemos el mínimo esfuerzo por comprenderlo a él. Alguna vez Julio Cortázar nos indicaría que al momento de llorar es mejor no caminar, por ende este blog no resplandece de solo lágrimas, ni renace como un ave fénix; salimos de casa, cruzamos la calle y la apología de la ciudad es hecha a partir de estas palabras. A pie y de la mano amig@ mí@ la sensibilidad despierta en la búsqueda de lo que somos; sean cordialmente bienvenid@s.